San Isidro y sus Rosquillas

San Isidro se saborea a bocado de rosquilla

En el mes de mayo Madrid se engalana y celebra el día del que es Santo patrón de la ciudad desde el año 1212.  Ese día los chulapos y chulapas, también conocidos como “majos y majas” o “manolos y manolas”, bailan un chotis al son del organillo enfundados en trajes regionales y mirándose cara a cara, mientras la mujer, con su clavel apresado por el pañuelo en la cabeza, gira alrededor del hombre…

Los puestos de comida se amontonan en la feria junto a las diferentes atracciones aderezadas con espectáculos pirotécnicos y citas gastronómicas. Por el día todo Madrid acude en masa a merendar sobre el césped de la pradera como dicta la tradición, y cada noche Las Vistillas rebosa con gente joven que se acerca a los conciertos gratuitos después de vivir la verbena.

Para los que no conozcan al Santo nacido en 1082, cuenta la leyenda que tenía la habilidad de encontrar manantiales de agua en época de sequía. Muchos de ellos fueron considerados posteriormente como un milagro.  Fue la Archicofradía Sacramental de San Andrés quien empezó a organizar la romería en el año 1575, que a partir de 1619 tiene lugar el 15 de mayo.

El escritor Benito Pérez Galdós rememora en su obra Mayo y los Isidros como, gracias a la mejora de la comunicaciones, “la capital se llenaba de extranjeros que acudían a las celebraciones, y a estos visitantes foráneos se les denominó con el mote de “Isidros”Francisco de Goya también inmortalizó en 1788 la gran celebración que se llevaba ya a cabo en esa época en su famoso cuadro La Pradera de san Isidro que se halla en el Museo del Prado.

Volviendo al tema de las rosquillas, al parecer, en la época de los romanos ya se elaboraban rosquillas en la capital que contaba con decenas de hornos de pan. Pasados los siglos, los carros de comerciantes tirados por mulas se acercaban a los festejos de pueblos y verbenas  a vender sus rosquillas ensartadas en hilo de bramante. Éstas llegaron a hacerse tan populares que no se concebía un festejo sin ellas.

Entre todos los vendedores fue una quien se hizo con gran la fama: La Tía Javiera, cuyo origen (Fuenlabrada o Villarejo de Salvanés) se disputa. Nuestro premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente firmó una columna en un conocido periódico de tirada nacional el 10 de mayo de 1950, en el que hablaba de las famosas rosquillas de Tía Javiera:

“Quizá de ninguna golosina pueda ofrecerse tanta variedad en sabor, tamaño y aspecto […] Las llamadas del Santo son de tres clases: las tontas, las de Fuenlabrada o yema; y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera Tía Javiera y de su descendencia […] De niño, iba yo con mis padres a la Romería, en la víspera del Santo, y mis padres, que conocían a la vendedora, compraban en su puesto las rosquillas. Podía yo haberme olvidado de todo, pero no me he olvidado de la rosquilla; a la rosquilla van engarzados el recuerdo del collar de aljófar y del señoril agrado de la vendedora al departir con mis padres y celebrar mis ojos”.

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Desde luego estas rosquillas forman parte de los recuerdos de infancia de cualquiera que haya crecido en Madrid, donde el primer mordisco simboliza la inauguración de las fiestas.  

Se puede elegir entre varios tipos de rosquilla… ¿Que uno prefiere una rosquilla más ligera? Pues no tiene más que decantarse por las tontas:  Estas son las más sencillas, ya que en su preparación se utiliza la masa tradicional (harina, huevo, azúcar, aceite y anís) y no llevan ningún baño de azúcar o glaseado, sólo van pintadas con huevo.

Algunos las consideran secas pero triunfan acompañadas de una buena bebida caliente en el desayuno o en la merienda. Si te atraen más las que llevan un baño de azúcar con limón, entonces decántate por las que elaboró en su día la famosa Tía Javiera, las rosquillas listas (que también reciben el nombre de “limón”): Suelen ser de color amarillo aunque hoy en día se pueden encontrar en multitud de colores y sabores.

Si sientes devoción por los dulces típicos de las monjas, las de “Santa Clara”, que se empezaron a elaborar en el Monasterio de la Visitación, se sirven cubiertas de merengue seco blanco.  Las “Rosquillas Francesas” por su lado nacieron del inconformismo de Bárbara de Braganza, la esposa de Fernando VI, cuyo paladar afrancesado requería algo más apetitoso que las rosquillas tontas. El cocinero real se las ingenió para dar gusto a la reina coronando las rosquillas con almendra picada y azúcar (nuestra preferida).

Para finalizar esta entrada de sabiduría sobre el dulce por excelencia de Madrid…Se podría decir que sus rosquillas son como su gente, que proceden en su mayoría de diversas regiones de la península… de ahí los diferentes baños y aderezos pero tienen una misma base común que les une,  una masa rica y sencilla       (y esta moraleja sucede exactamente igual cuando vamos a pedir el café al bar…)

En todo caso.. iremos a por una rosquilla a Madrid, y … de Madrid, al Cielo.

 

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Preparación:

1. Pon seis cucharadas de aceite en una sartén, acércalo al fuego y cuando comience a estar caliente, incorpora la cáscara de limón y déjala a fuego suave durante diez minutos. Retira la cáscara de limón y deséchala. Aparta la sartén del fuego y deja enfriar el aceite.

2. A continuación, pon la cucharadita de anises en otra sartén y tuéstalos al fuego moviéndolos en el mortero y machacándolos hasta hacerlos polvo.

3. Bate tres huevos con el azúcar hasta que estén espumosos, agrega el aceite frito, los anises, la copa de anís y la harina. Mezcla todo bien hasta obtener una masa homogénea.

4. Aumenta un poco la cantidad de harina, si fuese necesario. Tapa el cuenco con un paño y deja reposar la masa una hora en el frigorífico o en un lugar fresco.

5. Engrasa las manos con aceite y divide la masa en doce partes. Forma bolas con ellas, aplástalas un poco y haz un agujero en el centro para darles la forma de rosquillas.

6. Seguidamente, engrasa la bandeja de horno y coloca las rosquillas de forma que queden separadas unas de otras. Bate el huevo restante y pincela las rosquillas con él. Calienta el horno y cuece las rosquillas a media potencia hasta que estén doradas por la parte superior (se pueden pincelar más de una vez).

Preparación del Glaseado:

– En un bol ponemos la clara de huevo y vamos añadiendo a la vez que removemos el azúcar glass. Al final añadimos el zumo de limón y mezclamos completamente. Dejaremos reposar 3 minutos para que solidifique un poco.

– Cuando el glaseado esté duro hay que hacer otro glaseado un poco más espeso, con los mismos ingredientes, pero en menor cantidad. Lo introducimos en la manga pastelera y, con boquilla fina, dibujamos con ella el enrejado típico de estas rosquillas.

NOTA: Café, Rosquilla de San Isidro… y una copita de Anís, tarde perfecta.

 

 

 

Fuente: Cocinatis – TodoReceta

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